Mis queridos algoritmos

Algoritmos

Sé que estáis muy atentos a mí, aunque creo que no sois conscientes de ello, lo que os diferencia de los seres humanos. Al menos de algunos. Una de las primeras veces en que me percaté realmente de vuestra proximidad fue cuando buscando comprar una cosa por Internet, el anuncio sobre esta cosa empezó a surgir cada vez que entraba en The New York Times u otras publicaciones en la web. Y me sigue sorprendiendo Amazon cuando en sus recomendaciones, en base a libros y otros productos que he comprado antes, acierta de vez en cuando.

Podría evitaros, queridos algoritmos, no comprando por Internet. O no teniendo todos mis servicios (correo, buscador, calendario, teléfono y otros) integrados a través de Google o de Apple. Pero es tan cómodo. Es tan útil. (Y es gratuito; con publicidad).

Un amigo estaba tan obsesionado con que su banco podía saber casi todo de él que evitaba pagar con tarjeta en las autopistas para que no pudieran seguir sus recorridos. Pero se pasó a Android, con localización constante de dónde está su  móvil y muchos datos más, y bajó toda guardia. Está completamente entregado. Eso sí, cuando se le estropeó el móvil, configuró rápidamente el nuevo con todos los datos que estaban en la nube.

Ya señalé hace algún tiempo que Google es lo más parecido a Dios. “Está en (casi) todas partes, lo sabe (casi) todo, y lo sabe (casi) todo de todos. Pero lo que no se sabe es si realmente sabe que lo sabe”. Y esta es la gran diferencia. No es lo mismo que nos siga un algoritmo, una máquina, Google u otra empresa, a que pueda entrar en este ámbito una persona –ya sea de la National Security Agency (NSA) o de cualquier parte- y fisgar nuestra vida profesional y privada, a pesar de que cada vez más gente desnude su alma en Facebook y otras redes sociales.

No parece importarnos demasiado que una máquina, con sus algoritmos, siga nuestro correo electrónico, lo lea (es un decir), y nos lo acompañe de anuncios relacionados con lo que en el texto confidencial se menciona. Pero una cosa son los fines comerciales y las máquinas, y otra el Gran Hermano humano. Éste puede ser el Gobierno, la policía, los servicios de inteligencia, públicos o privados, nacionales o extranjeros, o incluso los partidos políticos que empiezan a utilizar cada vez más metadatos en sus campañas personalizadas. Pues de todo hay. Y no sólo en prevención de actos terroristas Muchos de los gobiernos que protestan por el espionaje a que son sometidos por parte de la NSA y el programa Prisma desvelado por Snowden, a su vez utilizan técnicas similares, y a menudo sin tanta garantía judicial pues, ¡es tan fácil! (aunque caro).

De hecho, frente a la NSA los ciudadanos de EE UU están más protegidos que nosotros, pues los servicios de su país pueden seguir a quién se llama o a quién se escribe desde su territorio, pero no leer, sin mandato judicial, el contenido de las conversaciones y de los correos electrónicos. Sin embargo, este límite legal no rige cuando EE UU vigila al resto del mundo, como recuerda Kenneth Roth, ex fiscal federal. Ni, desde luego, cuando chinos, rusos o quién sea y para los fines que sea nos espían.

Todo con la colaboración, a veces a regañadientes pues daña su reputación, de las grandes empresas que ahora piden más transparencia sobre lo que fisgan las autoridades. Aunque son los servicios de inteligencia anglosajones, y especialmente los estadounidenses, los más obsesionados con esta vigilancia, incluso a sus queridos socios e invitados (ahora indignados). No es nuevo. Que se lo pregunten a Felipe González cuando, en un viaje a EE UU siendo presidente del Gobierno, se tuvo que cambiar de habitación al descubrir su jefe de seguridad que la que le habían destinado en el hotel estaba trufada de micrófonos.

PanopticonEs necesario cumplir las leyes, nacionales, europeas e internacionales,  y reforzar las garantías, pero no bastará mientras haya asimetrías evidente en este mundo. Hay que insistir en que no se trata sólo de servicios nacionales de espionaje, sino también de empresas privadas cada vez más imbricadas con éstos. Snowden, que trabajaba en una de ellas y ha podido tener acceso a toda esta información, ha hecho revelaciones que pueden asombrar. Hay que pensar en nuevas posibilidades legales de protección de la intimidad de los ciudadanos, pero es difícil la marcha atrás. George Orwell no llegó a soñar el alcance –que no ha hecho sino empezar- de la sociedad enganchada a los algoritmos y organizada por ellos. Más que de 1984, estamos en un Panóptico electrónico, el centro carcelario diseñado por el filósofo reformista Jeremy Bentham en 1791 (ver imagen) para permitir a los vigilantes observar a los presos sin que estos pudieran percatarse de estar siendo observados, una prisión que nunca se fabricó pero que Foucault utilizó como metáfora del mundo moderno antes de todo esto. Aunque ahora todos se pueden vigilar a todos, y los vigilantes también puede ser vigilados, o al menos descubiertos, como ha puesto de manifiesto Snowden con lo que se llevó en una memoria portátil. (De hecho, la primera novela de Jenni Fagan que promete y que The New York Times ha destacado esta semana lleva ese título: Panopticon).

Mi amigo acabó cediendo, sí. De todas formas, quedarse al margen de los teléfonos llamados inteligentes, de las tabletas y de Internet (todo cada vez más integrado) no garantiza seguridad. Osama Bin Laden lo hizo en Abbottabad (Pakistán) y le acabaron alcanzando.

(Luces Largas interrumpe su publicación hasta septiembre)

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