TTIP, o la tardía reinvención de Occidente

Obama_y_Merkel

TTIP son las nuevas siglas de moda. Corresponden, en inglés, al Partenariado Transatlántico para Comercio e Inversiones, el ambicioso proyecto que van a negociar Estados Unidos y la Unión Europea, que representan el 40% del PIB mundial. La negociación se va a poner en marcha en los próximos días tras lograr Francia la “excepción cultural”. Es decir, la exclusión de productos y servicios culturales de este tratado sobre el que, como todos, tienen derecho de veto. Los franceses siguen recelando de la competencia de Hollywood y otras grandes factorías de películas, series, y nuevos inventos. Pero sería una mala noticia para España que Francia confirmara esta excepción en las negociaciones, pues en EE UU hay un mercado de 50 millones de hispanohablantes para lo que es una pujante industria española.

Estamos ante un acuerdo que puede cambiar los equilibrios en el mundo, al menos durante un tiempo. Primero, porque se trata de una operación occidental –de un cierto renacimiento de Occidente- para influir en una globalización que se le ha ido de la mano y que ha dejado de ser occidentalización. Si se culmina con éxito, el TTIP no sólo supondrá un importante impulso económico a ambas partes, como ya hemos analizado, sino que permitirá que entre ambos fijen unos estándares en toda suerte de campos por los que tendrán que acabar pasando otras grandes economías como la China. De ahí las reticencias de Pekín a tal acuerdo que tiene un marcado carácter anti-chino. Pues es un acuerdo entre semejantes, entre países y sociedades que piensan de modo bastante coincidente, con valores similares, desde luego mucho más próximos entre sí que con China o India. Algunos chinos se sonríen en público de este acuerdo pensando que el tiempo está de su parte. Pero les preocupa porque saben que, como dice un agudo observador occidental, “va a politizar el flujo de capitales”.

Para España, hay otra dimensión preocupante si, como parece, de momento América Latina –y muy en particular Brasil- se quedan al margen, pues ello iría en contra de los intereses españoles y latinoamericanos. Pero España tiene así la oportunidad de ser el valedor de un acuerdo en el que de un modo u otro acaben incorporándose esas economías latinoamericanas. Aunque no cabe engañarse: el  TTIP puede dar al traste con Mercosur y su relación con la UE. Sería un error. El Atlántico no puede ser grande sin la ribera de América Latina. Japón, por su parte, quiere negociar con la Unión Europea y EE UU un nuevo acuerdo que de hecho le incorpore. Tampoco será fácil. Como Turquía. Mientras, Rusia se queda al margen.

El TTIP puede actuar como impulsor desde fuera del mercado interior de la UE, especialmente retrasado en el terreno del libre movimiento de servicios y de capitales. Pues más que un mayor número de mercancías, de lo que se trata es de que circulen por encima del Atlántico esos dos elementos. De ahí que se haya abandonado la antigua formulación de un TAFTA (Acuerdo Transatlántico de Libre Comercio) para insistir en las inversiones.

¿Se convertirá de nuevo así EE UU en un “federador externo” (término que utilizó De Gaulle) de la UE en estos nuevos terrenos? El caso es que si el TTIP avanza y se plasma en un nuevo tratado, puede influir en la posición británica de cara a la UE. ¿Se plantearán los británicos salirse de la Unión Europea justamente cuando ésta logra un acuerdo de este calibre con EE UU?

El avance hacia el TTIP supone un paso más hacia el fracaso de la Ronda Doha para impulsar el comercio mundial, aunque nadie se atreve a decretar su defunción oficial. En su lugar se están intentado acuerdos regionales como éste, y como el Transpacífico, también impulsado por EE UU. ¿Es un último intento de impulsar un nuevo Occidente en un mundo que se desoccidentaliza? Veremos.

El TTIP puede generar una especie de nueva OTAN, esta vez geoeconómica y con menos ideología, para volver a influir en una globalización que ha desbordado a occidente . Algunos hablan de crear un Consejo de la Comunidad Atlántica formado por los presidentes de EE UU, la Comisión Europea, el Consejo Europeo y el secretario general de la OTAN. El caso es que la OTAN sí ha perdido relevancia como organización política y de consulta estratégica, para limitarse a ser una enorme caja de herramientas esencialmente militares. El TTIP –cuyo éxito no está, sin embargo, garantizado- está en otro plano. El de la geoeconomía.

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