Más integración, menos Europa

Cyprus Solidarity

Nunca la integración europea había llegado tan lejos. Ni tan rápido, En los últimos dos años, los países de la Eurozona han aceptado  el control conjunto de las cuentas públicas de cada Estado miembro (lo que plantea problemas de índole democrática que habrá que resolver), han puesto en pie un mecanismo de rescate de 700.000 millones de euros (pero que requiere para su uso la unanimidad de los 17 de la Unión Monetaria) y han dado pasos hacia la unión bancaria. Y sin embargo, más integración, de momento, no está produciendo más Europa. No es una paradoja, pues se está produciendo un paso atrás en los valores de solidaridad; en vez de convergir, las economías, las sociedades y la política de Norte y Sur han divergido con la crisis; y la integración se aleja de la idea del método comunitario hacia lo intergubernamental (aunque, probablemente, sea la única manera de avanzar). El caso de Chipre, lo ha puesto de manifiesto.

Los intereses nacionales no han desaparecido, ni desaparecerán en una integración que no producirá un nuevo Estado europeo, federal o no, sino a lo sumo lo que Jacques Delors llamó hace ya tiempo una “federación de Estados-naciones” y otros, algo diferente, un “federalismo intergubernamental”. El problema no es ese, sino que nadie habla del, o en nombre del, “interés europeo”, el interés general que se superpone a los nacionales, salvo para evitar que se derrumbe la unión monetaria, el euro, pues arrastraría consigo todo el edificio de la Unión Europea.Que todos, incluso los que no están en él como los británicos, defiendan la supervivencia del euro, no es algo baladí.  Claro que no se trata meramente de sobrevivir, sino de hacer que la Unión Monetaria se asiente sobre bases sólidas, y aún no lo está.

La crisis bancaria de Chipre ha puesto de manifiesto lo peor de Europa: desgobierno en Bruselas; y que un Gobierno nacional –en este caso el del presidente Nicos Anastasiades- se escondiera detrás de la UE para poner sobre la mesa una propuesta sumamente impopular: la de un quita a pagar, en forma de impuesto, por todos los depositarios. Aunque al final no se vaya a aplicar la quita a estos niveles, sino por encima, los responsables han estado dispuestos a saltarese el límite de 100.000 euros garantizado por depositario, generando una amplia desconfianza. Hay que recordar de dónde viene ese límite, este tabú: Era de 20.000 cuando de forma repetina y unilateral el 7 de octubre de 2008, tras la crisis de Lehman Brothers, Irlanda lo elevó para sus bancos, para evitar que se vaciarán, . Los grandes clientes de entidades en otros países de la UE empezaron a sacar sus depósitos hacia Irlanda, con lo que en cuestión de horas todos los demás se vieron obligados a elevar ese límite supuestamente garantizado que posteriormente se plasmó en directivas comunitarias (la última de 2009). Pero el origen fue, una vez más, la insolidaridad europea, en este caso irlandesa. Segundo tabú que ha saltado, el del control de capitales que sitúa a Chipre con medio pie fuera del euro. Y el tercer tabú tocado, aunque no roto, es, justamente, el de la permanencia en el euro. Pues por primera vez la Eurozona ha lanzado un aviso de que o Nicosia aceptaba lo que se le exigía, o, adiós. Ese ha sido el ultimátum, que ha surtido efecto.

Chipre, debido a la manera de funcionar de sus bancos como offshore (para muchos oligarcas rusos que han sacado dinero de su país, de ahí que Putin solo haya intervenido a regañadientes),  puede ser un caso particular, de sistema bancario de casino, aunque sabido. Particular, pero no aislado, lo que de nuevo ha puesto muchos pelos de punta, aunque no haya provocado zozobras respecto a otras economías débiles del sur de Europa. Se ha puesto de manifiesto la necesidad de un supervisor único en la Eurozona (y, eventualmente, en el conjunto de la UE), para garantizar que se aplican las reglas comunes al conjunto del sector financiero en esta Europa. Esta supervisión debería estar en pie entre este año y el que viene. Pero la unión bancaria no llegará mientras no haya una resolución única de los problemas (prevista para 2014-2015). En cuanto al colofón, un Fondo de Garantía de Depósitos único, los alemanes, y otros, no quieren ni oír hablar de ello, al menos de momento. Con cierta razón, como se ha visto con Chipre. Como señala Martin Wolf en The Financial Times, “la unión bancaria no llegará antes de que se limpien los errores del pasado y se establezcan nuevos arreglos”. Se ha avanzado mucho y muy rápido, mas quizás no lo suficiente. Y si había una cierta complacencia para dejar las cosas a medias, Chipre ha venido a recordar que hay que llegar hasta el final.

La crisis de la deuda y del euro no se ha superado aún. Y los principales pasos que se han dado han seguido el método intergubernamental, primado por Merkel, con convencimiento y acuciada por su Tribunal Constitucional. Aunque una paradoja es con este reforzamiento del Consejo Europeo y del Eurogrupo,  la Comisión Europea ha ganado mucho poder. O mejor dicho, lo ha ganado el comisario de Asuntos  Económicos, actualmente Olli Rehn, y los servicios de la Comisión encargados de seguir el cumplimiento de la austeridad y las reformas en los Estado miembros. Es decir, un poder burocrático y tecnocrático, sin que haya nada despectivo, sino una constatación, en estos términos.

Mientras, la UE ha rechazado dotarse de los instrumentos necesarios que la situación y los retos requerirían, recortando su ya exiguo presupuesto para los próximos siete años (el Parlamento Europeo va a impulsar una redistribución de las partidas, pero no tocará el total). Ningún avance hacia una recuperación de la solidaridad bien entendida, ni de la convergencia a medio plazo. Por no hablar de la política exterior común que, salvo en los Balcanes, está prácticamente desaparecida, también cuando de más medios dispone. A lo que contribuye la falta de liderazgo. Lo dicho, más, pero menos. Algo se está haciendo mal.

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