El gran divorcio

horizonteEL ROTO

Una parte importante de los italianos ­-quizás se pueda interpretar que una mayoría-, ha votado en contra de la austeridad (además de otras cosas). Y, sin embargo, el coro -desde los mercados, a la Comisión Europea, Berlín y otros centros de decisión- no ha dudado en insistir: No importa lo que hayáis votado, no hay otro camino que el de la austeridad. Aunque no esté claro a dónde lleva este camino. Lo que plantea un peligroso divorcio entre Estados, mercados y ciudadanos. Pero hay otros divorcios que pesan en la situación.

¿Hay alternativa a la austeridad? Más bien hay alternativas dentro de la austeridad. No fue lo mismo la austeridad de Zapatero que la de Rajoy, como tampoco lo es la de Hollande. Pero éste se ha está topando también con la realidad de esta Europa del euro (e incluso más allá, como demuestra el caso del Reino Unido). No es posible una política de estímulo en un solo país si ese país tiene que financiarse en los mercados (o más aún, si está intervenido, y por tanto, su política condicionada). Salvo que ese país se llame Alemania (pero no quiere). O salvo que lo adopte la Unión Europea, como proponía François Hollande y ahora vuelve a hacerlo desde la izquierda italiana Pier Luigi Bersani, aspirante a primer ministro.

El único margen de maniobra, se dice, es que se flexibilicen los plazos para cumplir los objetivos de déficit y deuda pactados, como parece que va a conseguir España de Bruselas. La vía de los recortes será algo menos empinada, pero habrán de hacerse más ajustes, desde luego en el caso español, respecto a cuya crisis económica Rajoy, en una cuidada política de comunicación, habla ahora en pasado, para intentar convencer de que lo peor ya ha pasado.

Y sin embargo, cuando más poderosa parece esa conjura que parece decir que no hay alternativa, se va abriendo una reflexión en otro sentido, espoleada por unos electorados que piden otra cosa, y una terca realidad que parece condenar a la recesión. Pues gobiernos y ciudadanos saben que la austeridad por sí sola no va a conducir al crecimiento, e incluso puede ahogar las reformas que sí tiene ese objetivo. Así, hay que empezar a hablar seriamente, al menos en la España que tiene un 30% de economía sumergida, de otro mix entre ingresos y gastos, lo que debe llevar a una profunda reforma fiscal, no a meros ajustes.

Incluso el todopoderoso comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn (¿quién dice que la Comisión ha perdido poder?), que ahora se declara keynesiano ha empezado a cambiar, para empezar a hablar de políticas de crecimiento. “Desde el punto de vista de la decisión racional en materia de política económica, es adecuado concentrar el enfoque en la sostenibilidad estructural a medio plazo”, ha señalado, aunque los países del Norte y el BCE se resisten a que los del Sur de Europa levanten el freno de la reducción del déficit.

Hay que ir más allá. Michael Pettis, en un libro altamente recomendable, The Great Rebalancing, Trade, Conflict, and the Perilous Road Ahead (El gran reequilibrio: Comercio, conflicto y el peligroso camino por delante) considera que dado que Alemania no está dispuesta a cambiar de política, haga lo que haga Rajoy en estos dos años –y ya no tiene la opción de aumentar el déficit-, solo puede optar o por mantener un alto nivel de desempleo durante muchos años, o por salirse del euro. Por esto último, claro con impago de una parte de la deuda, abogan algunos economistas que no tienen en cuenta la dimensión psicopolítica e histórica que tendría tal opción para España (y que podría desestabilizar el conjunto de la Unión Monetaria).

También ha habido un divorcio en el Sur. Muchos de los que hablan de la necesidad de solidaridad en Europa son los primeros en querer evitar que les mezclen con los otros países con problemas.  “No somos Grecia”, se decía (y se han olvidado las críticas que llovieron sobre Zapatero por dejarse fotografiar en Davos con Papandreu). “No somos Portugal”, se añadió. Y ahora, se insiste, “no somos Italia”. Mañana, ¿no seremos Francia? Si Europa del Sur se uniera, sería mucho más fuerte. De ahí que Pettis insista, con razón, en que los problemas de los países del déficit no se pueden resolver mientras Alemania no invierta su política. Por ello, estos países deben “unirse y forzar que los costes del ajuste los compartan toda Europa”.

Algunos electorados –no todos, sin embargo- se rebelan. La austeridad está llevando a un colapso de la política, grave en sí y que, además, dificulta la salida en cada país y en el conjunto de Europa, pues puede acabar frenando las reformas estructurales, como apuntaba Wolfgang Münchau. Merkel se las prometía felices veía con unos años para construir la Europa que ella quiere, con cuatro años por delante a partir de las elecciones que espera ganar en septiembre; con un socio en París relativamente tranquilo por tres años; con España con dos años y medio más de estabilidad del PP; y con una Italia que esperaba se serenara. Pero los italianos han venido a trastocar una ecuación en la que empiezan a cambiar otras variables. En todo caso, lo ocurrido en Italia es también un fracaso político de la opción tecnocrática que no ha conseguido convencer a los ciudadanos ni llevar a cabo las reformas que se esperaban de ella. Hace no tanto algunos suspiraban en España preguntándose ¿dónde está el Mario Monti español?

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