¿Fin de régimen? Lecciones italianas

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En Italia, Tangentopoli, el alto grado de corrupción política que jueces y fiscales sacaron a la luz a principios de los 90, acabó con los partidos tradicionales, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista. Y la eventual reconversión del Partido Comunista hacia lo que hoy, con otros añadidos, es el Partido Demócrata. Y llevó al  surgimiento de un fenómeno populista como ha sido, y sigue siendo, Berlusconi que no acabó con la corrupción sino que, de hecho, la institucionalizó aún más, con nuevos embalajes.

¿Puede algo así ocurrir en España?

En España la crisis es mucho mayor que en aquella Italia donde no hubo realmente un cambio de régimen que sí se puede llegar a dar en España, donde la dimensión política se ha venido a entremezclar con la económica, la social, la laboral y la de las instituciones.

El voto a los dos grandes partidos, el PP y el PSOE, alcanzó su punto álgido en las elecciones de 2008, sumando un 83,6%. En las de noviembre de 2011, se había reducido a un 75,3% (de la mano de la caída del PSOE), y ahora, según el último Barómetro del CIS a un 65,2% (según Metroscopia, incluso menos, un 57,4%<, y según Sigma Dos un 61,7%), esta vez con el PP a la baja (y el PSOE, que había venido perdiendo constantemente, prácticamente estancado). Y esos votos se van en parte a Izquierda Unida y a UPyD, y, sobre todo, a la abstención. Estamos posiblemente ante una crisis del sistema de partidos tradicionales, incluido CiU en Cataluña, en el que muchos ciudadanos sienten que se sitúa el cáncer de la corrupción.

Es verdad que hay que tomar estas encuestas con suma cautela. No son instrumentos fiables, pues en estos momentos si hay irritación en la ciudadanía, pero no pulsión electoral. Pero las elecciones catalanas, en la medida en que pueden marcar una tendencia, han resultado ya una expresión de este cambio, con una parcelación del voto.

¿Pueden surgir nuevo partidos o algunos pequeños fajarse un hueco mucho más grande? Sí, como se ha demostrado en Cataluña, aunque no es fácil debido a que el sistema electoral prima a los partidos más grandes. Tampoco es fácil que surja un Berlusconi, o algo así. Pero es evidente que el campo está sembrado para que brote más de un tipo de populismos.

También al PSOE, pero la primera responsabilidad es del PP porque se ve afectado muy directamente, y porque es el partido en el Gobierno, con mayoría absoluta en el Parlamento, y con un enorme poder territorial. No servirá esperar a que escampe.

Baste de momento una primera conclusión: o este régimen lo cambian los grandes partidos –lo que significa decidir mermar sus propias posibilidades y poder-, o se los llevará un vendaval general  y con ellos muchas cosas más, ante lo que inevitablemente debe ser, como poco, una transición política. El sociólogo Manuel Castells alerta de una posible revolución. ¿Volveremos a la dicotomía ruptura o reforma?

Esto no es Italia. Pero se puede aprender de ella. Y por cierto, Berlusconi –que sigue políticamente vivo- cayó, sobre todo, de la mano de Angela Merkel. Esta no paró hasta que lo consiguió.

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